Revista Todo
Se acercan unas fechas muy especiales. Pasamos a una rutina invernal, vistiendo nuestras calles de luces y color. Los escaparates se acicalan y casi todos andamos pensando en reuniones familiares y de amigos, con comidas especiales. Todo se impregna de un estímulo festivo especial que cada uno vive con mayor o menor alegría, dependiendo de las circunstancias particulares de cada persona. Posiblemente, en las casas en las que más se disfruten estas fechas son en las que hay niños. A los peques de la casa les suele encantar la Navidad…vacaciones escolares, reuniones con primitos y amigos, regalos…definitivamente son los reyes de la casa. Pero debemos tener cuidado con no convertir a los adorables reyes de nuestro hogar en unos emperadores tiranos con los que realmente la convivencia sea asfixiante, y que, incluso, pueden convertirse en unos adultos con un gran desequilibrio emocional, con lo que muy difícilmente podrán ser felices ni ellos ni las personas que los rodean.
Cualquier padre o madre amorosos que estén leyendo esto pensarán que sus hijos jamás se convertirían en los emperadores monstruosos que he descrito anteriormente, pero debemos desde pequeños no bajar la guardia con nuestros hijos. Expertos en delincuencia y violencia juvenil advierten del aumento de las denuncias de padres a hijos en España, «hasta un 400% en los últimos cinco años», según precisó el jefe del Centro de Salud Mental de Santurce, Roberto Pereira, durante unas jornadas organizadas por la Diputación y la Universidad de Valladolid en junio de este año. Habría que tener en cuenta que estos datos son los que se conocen oficialmente, pero que la mayoría de los padres sufren estas situaciones sin denunciar, ya que la tendencia general de los padres es encubrir el problema por lo que seguramente existirán miles de casos más.

Este enorme problema de nuestra sociedad tiene una mayor repercusión incluso fuera de nuestras fronteras. En EEUU la incidencia de la violencia física o verbal de los adolescentes hacia sus padres se encuentra entre el 7 y el 18 por ciento de las familias tradicionales, llegando en las monoparentales (crianza del hijo sólo por su madre o por su padre) hasta el 29 por ciento. En Canadá incluso las estadísticas hablan de que 1 de cada 10 padres es maltratado por sus hijos.

La tiranía de la que hablo conjuga un repertorio de conductas de los hijos hacia sus padres cuyas características principales serían:
- Egocentrismo. (Suelen ser egoístas, pensar en ellos mismos antes que en los demás).
- Suelen ser niños impulsivos.
- Pueden mostrar rechazo hacia el cumplimiento de las normas y la autoridad, llegando incluso a mostrarse insensibles hacia cualquier castigo que sus padres impongan.
- Son ansiosos en conseguir aquello que desean
- No suelen mostrar arrepentimiento o sentimiento de culpabilidad cuando actúan de forma agresiva o desafiante.
- Suelen mostrar insensibilidad emocional, falta de empatía.
- Frecuentemente utilizan la mentira.
- Poca tolerancia a la frustración. Tienen que conseguir lo que quieren y rápidamente.
- Les cuesta pedir perdón.
- Agresiones verbales o físicas, actitud amenazante.

¿Podemos como padres hacer algo al respecto o el niño o niña es violento por naturaleza y no se puede hacer nada?
Es cierto que algunos niños o niñas nacen con una predisposición genética a mostrar un temperamento bastante complicado de manejar. En estos casos, si los padres no actúan de forma determinante, con tesón, constancia y firmeza para que esos comportamientos desafiantes y agresivos no vayan a más, se puede asegurar que hay muchas probabilidades de que ese niño o niña se convierta en un tirano/a en potencia. Me dirijo a los padres porque son los que más tiempo están con ese niño o niña, pero indudablemente necesitan del apoyo incondicional de los educadores y de la familia (tíos, abuelos…), ya que el trato diario con niños o adolescentes de estas características conlleva un desgate físico y psicológico enorme, y que suele pasar factura a los padres. Incluso es aconsejable pedir ayuda profesional para que orienten a la familia y puedan instaurarse pautas que les puedan ayudar en su día a día.

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amano¿Cuántas veces habremos oído esta frase?

Esta cita latina proviene de uno de los poemas satíricos escritos por el autor romano Décimo Junio Juvenal, entre los siglos I y II d.C.

Las Sátiras de Juvenal nos muestran cómo la civilización de la Grecia Clásica estaba muy implicada en la práctica del deporte como parte de un estilo de vida sano.

Aunque realmente en esta cita lo de “Mens Sana” se refería más al terreno religioso, es decir, la necesidad de rezar para conseguir un espíritu equilibrado en un cuerpo equilibrado, hoy en día esta frase se utiliza para mostrar los beneficios de una mente y un cuerpo sanos.

Sabemos qué tenemos que hacer para conseguir el “Corpore Sano”, realizar ejercicio físico con regularidad, mantener una dieta equilibrada sin excesos de grasas y azúcares, eliminar de nuestra vida hábitos perjudiciales como fumar o beber alcohol en exceso.

En estos últimos años han proliferado los gimnasios, con multitud de clases llenas de personas desmelenadas a rumbo de zumba, “bodycombat”, “bodypump”, “crossfit”…y también vemos como han aumentado los adeptos al ciclismo, senderismo, running… Sin duda, que la gente intente tener un estilo de vida saludable es lógicamente muy positivo y mejora nuestra calidad de vida. Además en cuanto sentimos un malestar físico, dolor estomacal, dolor de cabeza…acudimos rápidamente al doctor, también buena señal de un estilo de vida preocupado por la salud y el bienestar físico.

Pero, llegados a este punto, ¿y la “Mens Sana”?, ¿cómo podemos alcanzar una mente sana?
Durante muchos años, la Psicología se centró mayormente en los problemas mentales (psicopatología) o en aquellos aspectos negativos relacionados con el sufrimiento del ser humano. Pero desde hace unos años, una nueva y creciente corriente de pensamiento ha surgido para enfatizar las virtudes de un estilo de pensamiento más sano. Se trata de la Psicología Positiva. A rasgos generales, la psicología positiva se dedica al estudio científico de las experiencias positivas junto a programas que ayudan a mejorar la calidad de vida de las personas (Seligman, 2005).

Este autor, presenta tres categorías de emociones positivas relacionadas con el pasado, presente y futuro. Las emociones positivas referentes al pasado incluyen la satisfacción, la alegría, el orgullo y la serenidad. Las emociones positivas referentes al futuro incluyen optimismo, esperanza y confianza.

Tener un estilo de pensamiento positivo sería similar a ver la mayor parte del tiempo el vaso medio lleno, tener una actitud positiva ante la vida y, aunque no debemos de dejar de ser realistas, el afrontar la vida cotidiana de forma optimista nos hace más equilibrados y felices.

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El ser humano al vivir en sociedad debe seguir unas pautas o reglas implícitas y explícitas para facilitar la convivencia entre nosotros. Desde pequeños nos dicen reiteradamente que “hay que compartir”, que tenemos que hacer favores, y que en definitiva, tenemos que complacer a los demás. Este tipo de aprendizaje en el que se nos educa se queda firmemente pegado a nuestra forma de interrelacionarnos y nos crea durante toda la vida algún que otro quebradero de cabeza.
No siempre nos apetece quedarnos con el sobrino de tres años que te pinta todo el salón con los “plastidecor” mientras tu hermana se va al cine, o prestar ese vestido de lycra a tu prima Mariana que pesa 12 kilos más que tú…madre mía. Incluso, ¿cuántas veces hemos salido un viernes por la noche sin tener nada de ganas, sólo porque te da un apuro inmenso decirle a tu compi de clase que prefieres quedarte viendo el Sálvame Deluxe a irte de cañas con la pandilla?

La solución a este tipo de conflictos tan cotidianos en nuestro día a día la podemos encontrar en una sencilla palabra: ASERTIVIDAD.

En 1940 Andrew Salter definió la Asertividad como un rasgo de personalidad que algunas personas poseen y otras no. Las personas asertivas se encuentran en medio de dos estilos opuestos de comportamiento, pasivo o agresivo. En el estilo pasivo, el individuo suele ser sumiso, incapaz de expresar e imponer sus opiniones o puntos de vista, por lo que suelen tomar por él las decisiones importantes ya que le cuesta enfrentarse a los demás. En cambio, en el estilo agresivo, el individuo suele encontrarse cómodo provocando el conflicto continuo e imponiendo su forma de ver las cosas a los demás. No suele ponerse en el lugar de otros ni escucha el punto de vista de los demás.

Un estilo de comunicación intermedio y más sano a todos los niveles sería el estilo asertivo. El individuo asertivo es sobre todo respetuoso con los demás. Expresa su opinión sin miedo a lo que puedan pensar otros porque la premisa fundamental es no sentirse mal sin hacer daño a los demás. No siempre podemos contentar a todos, seguramente si tenemos acostumbrados a nuestro entorno a decir a todo que sí, en el momento en el que digas “hoy no puedo quedarme con Pepito porque tengo trabajo pendiente”, o incluso “hoy no me apetece, mejor otro día”, puedes provocar alguna que otra cara larga, pero si haces algo a disgusto, no sólo no disfrutas de eso a lo que te has comprometido sino que se genera en tu interior un sentir negativo que puede manifestarse en ansiedad, estrés u cualquier tipo de malestar.

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