Revista Todo
Durante la estancia en Málaga del Obispo D. Ramón Buxarrais Ventura, siempre acompañado de grandes sacerdotes, catequistas y seglares, se iniciaron los Encuentros del Pueblo de Dios y las distintas Asambleas Diocesanas donde se empezaron a poner en práctica los nuevos conceptos teológicos y revitalizadores del Concilio Vaticano II en todo lo referente a los laicos o al mundo seglar.

El concepto de Parroquia se dinamizaba de una manera distinta. Los términos Asamblea, Casa de todos, Comunidad, Corresponsabilidad, Participación Activa, Compromiso Social, etc, empezaban a utilizarse en nuestros vocablos de cristianos de a pie. Surgieron numerosos movimientos de espiritualidad y de apostolado dentro de nuestra Iglesia Universal, llegando a nuestras iglesias locales y floreciendo un ramillete de asociaciones diversas, todas ellas con el deseo de participar activamente en la Iglesia y de crecer en todas las dimensiones del ser humano, pues se trata de que hombres y mujeres con una fe profunda y madura anuncien a Jesucristo y transformen esta sociedad por medio de su testimonio vivido y comprometido en el mundo: en la familia, en el trabajo, en la política, en la cultura, en la educación, en la diversión y en todos los ámbitos de los seres humanos.

Todos estos acontecimientos eclesiales junto con toda la situación social empujada desde la transición española nos ayudaron a generar una Iglesia más fuerte, más evangélica en su ardor y en su celo pastoral.
Se crearon Escuelas de Formación en Málaga: El Centro de Teología en calle sta. María, actualmente Instituto de Ciencias Religiosas San Pablo, y se creó la Escuela de Agente de Pastoral D. Manuel González, hoy día, Escuela de Teología. A su vez surgieron en algunas zonas de la Diócesis Escuelas y Reuniones Asamblearias donde se estudiaba la Biblia; en Torre del Mar se creó la Escuela Bíblica, impulsada por el sabio de D. Evaristo Martín Nieto; en otros lugares se han mantenido semanas Bíblicas, ciclos de Conferencias en torno a la Sagrada Escritura y los Santos Evangelios.

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Cada vez me doy cuenta, al leer menos y al estar siempre rodeado por algunos medios de comunicación social que deseducan y adormecen el pensamiento y el crecimiento de tu ser personal, que mis palabras son reducidas y simples. Sin culpar a los demás, reconozco que con el tiempo, al abandonarse un poco en el estudio diario se pierde vocabulario, sintaxis, redacción, capacidad de resumir y expresión verbal. En general hago una observación a esta sociedad que estamos viviendo y en muchas de sus personas descubro una falta de lectura, de fluidez en expresiones, un modo de hablar agresivo y simplista, una gran ausencia de espiritualidad. Por eso al asomarme a la Palabra de Dios encuentro un amplio horizonte lleno de posibilidades que enriquecen mi vocabulario, mis expresiones, mi modo de redactar y lo que considero más importante y de valor, poco a poco sin darme cuenta te vas configurando y te vas adentrando en esta Palabra llena de vida, lo que toca lo hace florecer, te empapa, te riega, te interioriza y te llena de sentido en tu caminar, ¡habrá algo que tenga más valor que tu interior!

“Como desciende la lluvia y la nieve de los cielos y no vuelven allá sin empapar la tierra, fecundarla y hacerla germinar, para que dé simiente al sembrador y pan para comer; así será mi palabra, la que sale de mi boca, que no tornará a mí de vacío, sin que hay realizado lo que quiero, sin que haya cumplido aquello a que la envié” Isaías 55, 10-11.

¡Qué razón tenían los santos Padres, cuando hablaban de la Palabra como Palabra Viva y Alimento sustancioso!
“Es en la mesa el Señor donde recibimos nuestro alimento: el Pan de vida…Pero es en la mesa de las lecturas dominicales en donde somos alimentados con la doctrina del Señor” san Hilario.

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Esa cena del año mil novecientos noventa todavía la saboreo y recuerdo perfectamente el menú: entremeses variados de embutidos, ensaladilla rusa, filetitos al vino, macedonia de frutas como postre, champán y mantecados para la sobremesa con sus cantes de villancicos entre palmas y panderos, una nochebuena muy entrañable que cada vez que pienso en ella evoco la primera Navidad de la Sagrada Familia; esta experiencia intento reproducirla cada año en la Parroquia a la que sirvo alrededor de aquellos más necesitados, pues así lo ha querido Dios.

Mis tres amigos Isa, Mª José, Javier y yo nos unimos durante un curso al voluntariado del Albergue Municipal, un tal Paco nos llevó a ese lugar y quedamos sorprendidos pues a uno 500 metros de casa de nuestros padres, vivía gente muy peculiar olvidada por la sociedad y condenada por su circunstancia a sufrir un final muy triste y nosotros llamándonos cristianos, observando este capítulo de la crueldad de la vida.

Allí vivían cuatro hombres. Después de atravesar una cancela muy deteriorada, se accedía por un pasillo muy largo y se llegaba a un rincón de la casa; cada uno tenía una cama y una taquilla donde guardaban sus escasos objetos personales; un par de cuartos de baño comunes daba por finalizada la casa de estos amigos. Un verdadero “Portal de Belén”: pobreza de medios, desnudez de materiales, intemperie ante los demás en la noche, alegría ante cualquier detalle, unidad y respeto entre todo el grupo.

Sus habitantes eran: Antonio, “el completo”, que diariamente buscaba cartones y los llevaba a la chatarra, ganando unas pocas pesetas “de las antiguas”, siempre con su gorrilla y su media colilla en la boca; el día entero lo pasaba fuera de la casa. Aparecía sólo de noche para dormir. También se encontraba Juan, de unos cuarenta años, procedente de Granada, que por las circunstancias de la vida llegó a Ronda como transeúnte y allí se quedó; tenía problemas con su mente y se sentía muy solo y triste. Nunca vimos en él un gesto de violencia o de desprecio. El simpático “Toto”, Antonio, el alcohol era su compañero de fatiga, una persona enferma, en cualquier plaza tenía su rinconcito para beber y dormir. Sus bromas, chistes y cancioncillas siempre salían en sus saludos. Jesús era el cuarto de los amigos, también el alcohol vivía en su sangre y su cerebro no quería pensar en otra cosa; hombre muy culto y sabio, que de vez en cuando había que hospitalizarlo: una mala caída, alguien mientras dormía le dio una paliza, vivía en una pesadilla constante cada vez que recordaba su paso por el Vietnam. Pesadillas de disparos y de bombas le hacían sobresaltar en las poquitas noches que podía dormir en una cama. El Ayuntamiento semanalmente les llevaba unas sábanas y recogía las sucias. Una vez al mes limpiaban aquel lugar. Mis amigos y yo empezamos a convivir con estos amigos; cuatro amigos por cuatro amigos.

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Quizás no sea correcto contabilizar el número de momentos de gracia vividos, ya que no se debe tratar de cosificar las cosas de Dios, ¡pero es tan difícil de expresar con el lenguaje humano las experiencias divinas! Lo cierto es que, aquí en el Cementerio Municipal, en el tanatorio de la Esperanza o en el tanatorio de la Axarquía vivimos diariamente muchos momentos de gracia, como deseo definir. Cada vez que los distintos párrocos de Vélez y de la Comarca de la Axarquía oficiamos una Misa exequial o una celebración de la Palabra o un responso, Dios trasmite al pueblo un momento de singular hondura.

Se trata del paso de una noche oscura a un día de claridad. De la muerte a la Vida. Del Misterio a la Contemplación. De la incertidumbre y las dudas a la Claridad de la Verdad. Esto es lo que se produce, cada vez que despedimos a un ser querido. Pasa a Vida mejor y a Vida Eterna. ¡Es difícil creerlo, pero es así! Cristo así lo definió y el cumple lo dictado por amor, el permanece fiel a sus palabras y promesas. Cristo es la Resurrección, el Camino, la Verdad y la Vida.

A los sacerdotes nos toca acompañar al hombre y a la mujer de hoy en el misterio de la Vida. Y la muerte es uno de los grandes misterios. Nuestra humanidad también se sorprende y estamos llamados a afrontar ese momento, pues también somos hijos, algunos tenemos a nuestros padres vivos, otros ya están gozando del Reino celestial. Tenemos hermanos, cuñados, sobrinos, abuelos, vecinos y mucha gente a la que queremos. Cuando nos dejan también lloramos y lamentamos su pérdida.

El Evangelio de san Juan nos relata la muerte de Lázaro en Betania, un gran amigo de Jesús y el evangelista nos cuenta que Jesús se echó a llorar. Toda muerte es un momento de tristeza, de amargura y de oscuridad. A veces son tragedias más indigeribles, como un accidente en la carretera o un accidente en la vida laboral, una muerte repentina. En otras ocasiones se trata de una muerte esperada y angustiosa, después de una larga enfermedad que a todos nos ha cansado y desgastado, pero aun así, nunca nos hacemos la idea de la gran pérdida que supone que nos deje un ser querido.

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Nombrar el Pinsapo Azul enclavado en la Sierra de las Nieves en el municipio de Yunquera es evocar la letra de la estrofa de una canción de mi gran amigo Javier Martínez: “Tanto tiempo compartido en estos campamentos, tanta vida, tanta fuerza para dar”. Yo subrayo estas palabras: tiempo, vida y fuerza para dar.

Ya en los años noventa nuestro querido sacerdote Juan Miguel González Rubio entusiasta del contacto con la naturaleza y de las actividades grupales en convivencias y acampadas con niños y jóvenes, tuvo esta inteligente intuición, encontrar un lugar para instalar los campamentos de verano, cercano al pinsapar, done el aire de la sierra te oxigena del ritmo anual de las prisas contaminantes en las que vivimos.

Más de cuatrocientos niños, hoy muchos son jóvenes, otros ya adultos y otros son padres de familia, todos ellos han tenido esta maravillosa aventura de acampar en ese poblado tan lleno de vida, donde las cabañas de madera son testigos oculares de los valores aprendidos en esos días de campamento que jamás olvidaremos.

Si releemos las esmeradas programaciones de nuestros equipos de catequistas y monitores, si evocamos todos los recuerdos, si vamos ordenando las diapositivas, videos, fotos, manualidades realizadas en esos días, libretas con anotaciones, listado de compras de materiales, las pólizas de los seguros, cajas de cartón repletas de disfraces, alguna camiseta firmada por todos los acampados y monitores, seguro que formularemos una historia rica en humanidad de la que hemos tenido la gran dicha de ser protagonistas.

Un lema y una temática cada año es una novedad de intriga de cara a los niños; todo ello envuelto en un ritual de expectación, adornado por disfraces y ornamentos, enmarcan perfectamente el ambiente necesario para vivir unos días de Campamento, todo ello muy elaborado por el equipo de catequistas y monitores. Ocurrencias y dificultades no faltan en las pruebas a realizar en las Ginkanas, juegos amenos y entretenidos que en el pueblo de Yunquera despertaron mil y una sonrisa, dinámicas y reflexiones animados por nuestros catequistas y el sacerdote, nos elevan el alma hasta llegar a Dios, una postal inolvidable será la Misa del domingo sentados sobre el césped húmedo y la tarde que va cayendo, la esperada noche del terror frecuenta una vez más los repetidos llantos y risas, los baños de agua helada en la gran piscina, las horas de sosiego y relax en los talleres de manualidades, la creatividad e ingenio de las veladas preparadas por los grupos de niños que en estos días han convivido de una manera intensa; se acentúan las canciones, los chistes y las anécdotas nacidas en estos días de convivencia…todo esto y mucho más quedara grabado en el gran libro de la historia del Pinsapo Azul.

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