Según el Dr. Hermann, especialista de memoria a nivel mundial, para tener una buena memoria hay que cuidarse física y mentalmente:

Dormir es fundamental: en término medio unas ocho horas seguidas, ya que la fase REM, más prominente al final del ciclo de sueño, es la encargada de consolidar los recuerdos del día. Además sería conveniente no alterar mucho el ritmo, es decir levantarse y acostarse todos los días a la misma hora para sentirte descansado.

El ejercicio físico, el aeróbico (caminar, bicicleta, bailar,…) aumenta la oxigenación del cerebro.

El aporte de glucosa es fundamental. El cerebro no se puede alimentar de proteínas ni grasas como otras partes del cuerpo y por tanto requiere un aporte de glucosa cada poco tiempo. Comerse una manzana en la merienda o a media mañana además de saciarte te aporta energía mental.

El optimismo, bienestar psicológico y sentido del humor favorece la memoria. Aquellas personas que no se ven tan afectadas por las emociones de ira o tristeza tienen unos cerebros que funcionan mejor. Algo aprendido con un chiste se fija un 25% más que sí se hubiese aprendido en un contexto neutral. Ayuda al cerebro a distenderse y así a absorber mayor aporte sanguíneo.

La relajación reduce la ansiedad y por tanto te ayuda a no bloquearte, ya que únicamente estás centrado/a en la situación y a lo que estas memorizando.

Utiliza esquemas o escribe. Decía Einstein: “lo que no puedo dibujar no lo puedo entender”. Escribir nos obliga a ordenar las ideas, como repaso de los contenidos y como fuente para consultarlo con posterioridad.

Habla en voz alta y ser consciente de lo que se dice. Darse instrucciones mientras se hace algo que después solemos olvidar ayuda al cerebro a almacenar esa información. Esto es de gran utilidad si somos despistados como por ejemplo para recordar nombres. Cuando conocemos una persona nueva y repetimos su nombre varias veces durante la conversación, probablemente no lo olvidemos.

Estudiar en voz alta o verbalizar el temario en voz baja es útil para los estudiantes ya que sus cerebros lo procesan mucho más profundamente al incluir el componente motor y auditivo del habla. Por otro lado darte instrucciones cuando salgas de casa como “ahora mismo voy a apagar el gas, voy a cerrar la ventana y voy a cerrar la puerta” te permite recordarlo mucho mejor y evitar tener que comprobarlo a posteriori.

Mejor comprender que memorizar. Si eres capaz de explicarlo con tus propias palabras y de hacerlo tuyo te será mucho más fácil recordarlo, en vez de memorizar como un papagayo.

¿Te ha ocurrido tener algo en la punta de la lengua sin conseguir sacarlo? Cuanto más nervioso te pones más te bloqueas, puede ocurrir incluso que te salga otra palabra parecida pero que interfiera en conseguir la verdadera palabra (llamado efecto de la hermanita fea). Esta palabra que tenemos en la punta de la lengua estaría almacenada en nuestra memoria, pero es imposible recuperarla. Para ello nuestro cerebro necesita alguna pista para conseguir encontrarla. Según Epstein, del Departamento de Psicología de New Jersey, nos puede ayudar ir diciendo palabras que empiecen por la primera letra del abecedario, luego la segunda letra y así sucesivamente, hasta que lleguemos a la primera letra de nuestra palabra. Por ejemplo: abeja, bicicleta, cuna, dedo, elefante,… Si esto no te funciona, puedes intentar asociarlo con algún contexto que te recuerde mucho a lo que quieres decir. Justamente los recuerdos funcionan por asociación, no se almacenan de manera aislada. De ahí la importancia de los métodos mnemotécnicos que consisten en ordenar la información y hacer asociaciones. Es más, en Psicoanálisis y psicoterapia se usa las ideas asociativas, mostrándoles palabras a los pacientes y preguntándoles a qué le sugiere, dándonos mucha información sobre el contenido de sus experiencias. Ya lo decían nuestros ancestros:
Mens Sana in Corpore Sano