Decidir retirarle a alguien con quien hemos tenido algún tipo de relación la palabra es una decisión que el ser humano toma constantemente. ¿Por qué hacemos esto? Cuando tenemos un conflicto con otra persona o entendemos que esa persona no ha actuado correctamente, se genera en nuestro interior una sensación de malestar. La forma de gestionar ese malestar puede ser muy diversa. Una de las respuestas más usuales, es dejar de hablar o
interactuar con esa persona. Lo hemos hecho y nos lo han hecho con casi toda seguridad. Este comportamiento esconde un enfado o una decepción hacia el comportamiento de la otra persona. Después de analizarlo en profundidad podemos llegar a las siguientes conclusiones: Cuando alguien nos deja de hablar o somos nosotros los que decidimos ya no hablar más con alguien, resulta de un conflicto entre ambas partes. Podemos decidir seguir con este comportamiento y como resultado, las relaciones se van enfriando, pasa el tiempo y generalmente se pierde el contacto con esa persona. También existe otro camino, como decidir resolver dicho conflicto mediante el diálogo. A veces, los problemas interpersonales se resuelven gracias a la comunicación. Pero debe ser una comunicación efectiva, es decir, las partes implicadas se cuentan cómo se sienten, qué esperan de la otra persona y cómo creen que puede resolverse ese conflicto. Para que esta forma de gestionar el problema dé resultado ambas personas deben encontrarse en un nivel emocional y de madurez muy similar, y no siempre se da esta circunstancia. A veces, deseamos solucionar el problema hablando, pero la otra persona no está dispuesta a realizar una escucha activa, no está dispuesta a asumir sus posibles errores y su “ego” o falta de humildad o autocrítica, puede llegar a bloquear esta forma de solucionar los conflictos. Llegados a este punto, me pregunto, si en muchas ocasiones la falta de afecto verdadero se encuentra detrás de todos esos conflictos enquistados entre amistades, familiares o parejas. Puede que si amas mucho a una persona y deseas que siga formando parte de tu vida, encuentres la motivación suficiente para escalar todos los obstáculos y aprender de ellos. Cuando el afecto no es lo suficientemente fuerte o verdadero, no nos importa dejar de disfrutar de la presencia de la otra persona. ¿Qué respuesta te surge después de preguntarte si te gustaría seguir cerca de alguien, disfrutar de su presencia? Si es una respuesta negativa igual no te motiva a realizar ningún cambio, pero si es positiva, pudiera ser el inicio para encontrar la manera de dar el paso y solucionar el conflicto.
A veces, sí existe ese afecto verdadero, pero no nos encontramos en el mismo proceso vital o en el mismo “escalón”. Para entender lo del escalón, podríamos imaginar una escalera en la que cada uno de nosotros nos encontramos en un escalón diferente. Depende del escalón en el que te encuentres, determinará tu nivel de madurez emocional, tu capacidad de empatizar con la otra persona, tu disposición a escuchar de forma sincera y profunda a la persona que habla contigo y de entender su razonamiento y su forma de ver las cosas. Ese escalón también determina tu grado de humildad y de autocrítica, así como tu habilidad para poder ser tú mismo y hacerte respetar sin perder tu esencia y tener que dar siempre a los demás lo que ellos quieren para que estos se sientan bien.
Cuando ocurre que existe un afecto fuerte y sincero, pero vemos que la otra persona se encuentra en otro escalón y no podemos solucionar los problemas, puede ser frustrante y doloroso. Las relaciones son muy complejas. A veces, fluyen de manera fácil y te sientes en sintonía con otras personas porque se encuentran en tu “escalón” o cerca de éste. Otras veces, a pesar del cariño, nos alejan otras cosas, como los pensamientos o ideas que viven en la mente de otros, o el “ego” que nos dicta que “yo tengo razón y es el otro el que se equivoca”.
Seguramente nos unen más cosas unos a otros que las que nos distancian, pero el ser humano suele enfocarse en aquello que nos diferencia. Podemos tener mil puntos en común, pero como encuentres uno o dos que ya sean diferentes, ahí marcamos la distancia con la otra persona. Últimamente, se ha puesto muy de moda una corriente dentro de la psicología afectiva y emocional de mirar al otro desde el positivismo y el amor. En estas situaciones, nos puede ayudar a que, aunque la otra persona no quiera resolver el problema, el situarnos en una zona de reflexión, para poder mirar a la otra persona desde una perspectiva más empática y llegar al núcleo del conflicto y el por qué se ha llegado a esa situación. Quizás, esto no siempre sea suficiente para resolver el problema, pero sí nos puede ayudar a encontrar dentro de nosotros la serenidad y la paz internas que necesitamos para no sufrir ansiedad, tristeza, depresión, ira…que son esas emociones negativas que nacen de la frustración y el enfado. La mayoría de las veces, sin embargo, no damos el paso por miedo al rechazo. Miedo a que la otra persona no esté preparada para dar los pasos necesarios que solucionen el problema. A veces, nos perdemos relaciones maravillosas de por vida por ese dichoso miedo, y ambas personas se echarán siempre de menos pero no darán con el camino para volver a reencontrarse.

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