Es muy común que a lo largo de nuestra vida experimentemos cambios notables en nuestro interior. Puede que en la vida adulta apenas nos parezcamos al niño o niña que fuimos, o que queden unos pocos resquicios de nuestra personalidad juvenil, ya que solemos dejar por el camino parte de nuestra inocencia, nuestra alegría, la despreocupación que nos acompaña cuando no tenemos tantas responsabilidades ni tantos asuntos de los que ocuparnos. Las experiencias vitales que se nos van presentando van
moldeando gran parte de nuestra personalidad y carácter. Nuestra forma de actuar también se va modificando a causa de la interacción con otras personas y por las experiencias vividas. Imagina a alguien en su adolescencia, el cual empieza las clases en el instituto tras dejar una época en calma en el colegio donde era apreciado y querido por sus compañeros. En esta nueva etapa se encuentra con un grupo de iguales que empiezan a meterse con su físico, con su personalidad y no pierden oportunidad en molestarle. Esa vivencia marcará a ese adolescente posiblemente de por vida. Imagina ahora a otro adolescente en esa misma etapa, este encuentra a un grupo de amigos con los que conecta increíblemente, se siente querido y valorado. Cuando estos adolescentes sean adultos mostrarán en su personalidad y en su forma de actuar las consecuencias de esas vivencias. El primero, probablemente, será más desconfiado en sus relaciones, necesitará sentirse valorado y que le demuestren continuamente ese cariño, incluso puede pensar que había algo negativo en él o ella que despertó esa animadversión en aquellos adolescentes que le acosaban. Por lo contrario, el segundo adolescente, se sentirá seguro, tendrá mayor autoestima y confiará más en los demás. Este sería un ejemplo de cómo las vivencias nos van marcando y moldeando en nuestra experiencia vital. Cualquier circunstancia vivida nos va “formando” como personas, pero aquellas que son negativas o las percibimos como tales nos marcarán profundamente. Un divorcio, una relación de pareja tóxica, la pérdida de un ser querido, una deslealtad de un amigo… todas ellas son experiencias que hacen que vayamos modificando nuestro pensamiento y nuestro comportamiento.
Te muestro otro ejemplo, imagina a alguien llamado Juan, que tiene una transacción comercial en la que debe tratar con el abogado de la parte con la que tiene dicha transacción. Este abogado, creyéndose así mejor profesional, empieza a tratar terriblemente mal a Juan. Es grosero, condescendiente y poco razonable. Al ser de naturaleza amable y paciente, Juan no pone límites desde el primer momento, ya que piensa, que si es amable y comprensivo, esto hará que se despierten en el abogado sus buenos sentimientos. Gran error, porque esto no ocurre. Después de esa experiencia, Juan recibe un gran aprendizaje, porque marca un antes y un después en su vaso ya bastante colmado de personalidades autoritarias, demandantes y maleducadas. Se prometió a sí mismo que si volvía a encontrarse en una situación similar, ya no volvería a ser tan amable y comprensivo. Aprendió que poner límites y a veces ser algo rudo es necesario para no sentirse avasallado por cierto tipo de personalidades. Además, no le hacemos un favor a este tipo de personas, ya que reforzamos su egolatría y su forma de ir tratando de forma déspota al resto. Si Juan no aprende de esta experiencia seguramente se volverá a encontrar con este tipo de situación. No te has preguntado alguna vez, ¿por qué siempre me pasa esto?, ¿por qué siempre me encuentro con este tipo de personas? Es por eso mismo, porque debemos aprender esa lección para dejar de repetirla.
Pero debemos tener cuidado cuando sintamos que se ha hecho un click dentro de nosotros y que se ha producido un cambio. Suele suceder que nos vamos al otro extremo, y eso tampoco es tan positivo. Por ejemplo, una chica decide terminar con una relación muy tóxica en la que era tratada con desprecio y de forma muy egoísta. Ella es de naturaleza tranquila, amable y educada. Le ha costado mucho salir de esa relación tan negativa, pero por fin toma la decisión, aunque ocurre que en su afán de no volver a ser tratada tan mal, se pasa al otro extremo y se vuelve algo inflexible, un poco egoísta y puede que en momentos también un poco soberbia con la gente de su entorno. ¿Qué ha ocurrido? Que ha metido en el mismo saco a todo el mundo, sin considerar quien la trata amablemente o no. En su cruzada por no ser maltratada nunca más no se da cuenta de que se ha pasado al otro extremo. Ahora es más desconfiada, más susceptible y ha perdido parte de su maravillosa esencia por el camino.
Es importante darse cuenta de eso y si estás en un proceso similar de cambio, te aconsejo que reflexiones y determines dónde se encuentra el equilibrio. Busca siempre ese equilibrio. Las experiencias nos enseñan y nos hacen cambiar, pero no debemos hacerlo con todo el mundo por igual ya que parte de nuestro brillo interior puede desaparecer durante ese aprendizaje. Hazlo en la situación pertinente no con todo el mundo a la vez.
“Vivir no es sólo existir, sino existir y crear, saber gozar y sufrir y no dormir sin soñar…”
Gregorio Marañón (1887-1960) Médico y escritor español.

Deja una respuesta