Las panaderías de Montevideo eran auténticas fábricas de pan y bizcochos. No solo por el volumen de lo que fabricaban, sino por la superficie de la planta a la que llamaban «la cuadra», y una cosa curiosa era que a casi todos los panaderos se les conocía con el nombre o apodo de Coco. Siempre era Coco, el panadero.
Los hornos eran de leña, y el amasado en máquinas de gran tamaño, al igual que lo eran las mesas donde preparaban lo que luego se horneaba. En verano las temperaturas que soportaban los panaderos al lado de esos hornos motivaba que muchos trabajaran a pecho descubierto. Estaba prohibido por razones sanitarias, pero hasta los inspectores municipales lo toleraban.
Esa mañana, estaba esperando turno en la panadería cuando Coco, su dueño, me llamó aparte, haciéndome una seña con la mano para que entrara a la parte de fabricación del pan.
—Oye, me han dicho que tienes buena mano para curar perros. —Te habrán contado lo del perro de la Capitana, supongo. —Sí, pero ¿con los gatos cómo se te da? Me han dicho también que eres estudiante, por eso te pregunto si puedes ver a nuestro gato. —En realidad, no estoy autorizado a curar animales, pero ahora me has dejado con la curiosidad… ¿De qué se trata? —Mira, es este, tiene un ojo como cerrado. ¿Sabes lo que puede ser? —Creo que es una parálisis del nervio que estimula los músculos del tercer párpado, y este queda como cubriendo parte del ojo. —¿Y se puede curar? —me interrogó con cierta duda. —Sí, mañana te traigo unas inyecciones que habrá que darle. Son de uso en personas, las compraré en la farmacia.
Era frecuente que me solicitaran dar inyectables a domicilio, en especial de calcio a cachorros para prevenir raquitismo. Esa mañana me habían llamado de tres lugares diferentes y no tuve ni tiempo para trabajar en mi taller de relojes.
Al fin llegué a la panadería para darle la tercera inyección al gato. Las dos primeras ya iban surtiendo efecto. Las jeringas que utilizábamos eran de vidrio y había que hervirlas durante un rato para esterilizarlas. Como solo tenía dos, tuve que volver a mi casa a hervirlas antes de terminar la ronda de inyectables.
Cuando llegué finalmente a mi casa, nuevamente las puse a hervir y entonces caí en la cuenta del error que había cometido. En vez de darle un cuarto de ampolla de medicamento al gato de la panadería, le había dado la ampolla entera, que era de uso en humanos, pues en los años 70 todavía no contábamos con los de uso veterinario, y menos aún para mascotas.
El medicamento que estaba utilizando para el tratamiento era sulfato de estricnina medicinal. Este producto químico a dosis farmacéuticas era un neurotónico, pero a dosis grandes se usaba para matar ratas, y muchas veces los perros comían los cebos y en menos de quince minutos podían morir. Yo había salvado a varios, entre ellos el perro de la Capitana.
El medicamento que inyectaba a Tigre era una combinación de sulfato de estricnina con vitamina B. Pensé: «Si le pasó algo, ya es tarde… Mañana sería la última». Ya me enteraría. ¡Y así fue! Al otro día, cuando llegué a la panadería no había gente y entré directamente al santuario del gato. Allí estaban Coco y los empleados haciendo su trabajo.
—¡Oye, doc! Qué lío el de ayer. —Sí, me imagino… —repliqué temiendo lo peor, o sea, una mala noticia. —¿Ves las mesas con la masa preparada para ir al horno? —Sí, ¡qué producción! —Pues ayer, después de la inyección, el gato parecía eléctrico o hasta rabioso, saltaba de bandeja en bandeja, se le pegaba la masa a las patas y se ponía peor, saltaba y casi diría que volaba. Al fin se escondió en la recámara de la chimenea y no lo hemos vuelto a ver. —Ven, vamos a ver si sale. —¡Tigre! ¡Tigre! Miso, miso. Ven, Tigre…
Miramos hacia la altura donde había desaparecido ayer y vimos una cabecita que asomaba asustada. Lentamente decidió bajar a la mesa.
—¿Qué habrá sido? —me preguntó Coco. —Quizás la dosis fuese un poco alta, estos medicamentos vienen para gente y las dosis de gato aún no las sabemos. Ni siquiera si los medicamentos humanos sirven para ellos. Pero mira, el ojo está curado, el párpado ya funciona perfectamente y ya no va a necesitar más.
A la salida, Coco me puso un billete en mi bolsillo. —Sé que no puedes cobrar dinero, pero me has curado el gato. Y aquí también va una bolsa de galletas para acompañar el mate que tanto te gusta. ¡Gracias!
El agradecido en realidad era yo. A fin de cuentas, había recibido mi primer pago, ¡nada menos que por una equivocación!
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