Al pueblo de Layos por su trato y a mis amigos Roberto Bermúdez y Vero por abrirme las puertas de su casa y permitirme toparme de lleno con este bendito rincón.
Layos dibuja en su talle,
el sol de la primavera,
para que el tiempo se pare.
Allá en María Magdalena,
donde Angustias mece el aire,
brotan lágrimas de pena,
que son lágrimas de madre.
Y por Primo de Rivera,
General Mola y sus calles,
rompe el silencio una brisa
para inspirar este cante.
Desde la Emérita Augusta
dirigía en los carruajes,
hacia la antigua Toletum
en duro peregrinaje.
En los montes de Toledo
gime en su fe y sin donaires,
confesándole a la luna
sus secretos más culpables:
que se fue a Casa Benito
que de Engracia llegó tarde,
que se empachó de cocido,
que no hay nadie que se salve,
de quererla en un suspiro
cuando sus brazos te abre.
Que en la higuera centenaria
huele al asado de carne,
recibiendo al forastero
en su patio al asomarse.
Que allá en su campo de Golf
o en El mulato se sabe,
que no hay cocido layense
que no te libre del hambre.
El Cristo del Buen camino,
bendijo a sus habitantes
con el corazón henchido
de amor, de vida y de sangre.
Que la que estuvo en La Sisla
o en la época mozárabe
hoy está llena de vida
resistiendo a temporales.
Que fue de los López de Ayala,
y tras de Rojas ,más tarde,
Condes de Teba y de Mora
dijeron: ¡Qué Dios la guarde!
Pueblo que hoy es del layense,
cosechaste sin alardes
cebada, trigo y aceite,
cuando rezas a tu madre,
que es la Virgen del Rosario
me regalas trato amable
que hacen que hoy vuelva a verte
y te dedique estos cantes :
¿Qué tiene Layos, Rosario,
que no lo puedo olvidar,
que me puse a caminar
y al mirar su campanario
ya no me quise marchar?
Layos la del Buen camino
aceite, trigo y cebada,
temprano por la mañana,
abraza en su sol divino
a la tierra toledana.
Rosario, a tu desconsuelo,
al layense y sus cadenas,
le están llorando de pena
las campanitas de duelo
de María Magdalena.

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